jueves, mayo 03, 2007

Mal olor

Al abrir la puerta un fuerte olor a mierda colapsó su cabeza. Intentó coger una bocanada de aire y aguantar la respiración pero fue imposible. Le parecía que se iba a ahogar. En aquél cuchitril no había ventanas y además estaba vacío, por eso no sabía de dónde podía venir ese olor tan asqueroso. Intentó salir afuera pero algo se lo impedía, incluso quería recordar qué olor había detrás de la puerta pero no se acordaba, de hecho no se acordaba de qué había allí fuera. La puerta parecía atascada, o a él le fallaban las fuerzas, el caso es que el picaporte no giraba y el olor era ya tan insoportable que se le empezaba a nublar la vista. Forzó tanto como pudo la puerta de aquella apestosa habitación pero fue incapaz de abrirla, hasta que sus piernas ya no podían mantener su propio peso y se derrumbó; así cerró los ojos.
Al cabo de un rato alguien alertó a la policía por el mal olor que salía de la puerta de aquél guardamuebles y ésta llegó. Al abrir la puerta, que no tenía la llave echada, la policía encontró un cadáver en avanzado estado de descomposición, con la espalda apoyada contra la pared y sin signos de violencia.
La investigación demostró que el guardamuebles había sido alquilado 2 días atrás por el fallecido, que padecía una extraña enfermedad mental diagnosticada después de un accidente de tráfico del que aún no se había recuperado ya que lo estaban buscando desde el hospital en el que estaba siendo tratado y del que no le habían dado el alta médica. Además, su única familia había fallecido en el mismo accidente de tráfico.

miércoles, abril 18, 2007

Qué triste es la vida del capullo

El ascensor estaba tardando demasiado, aunque ya daba practicamente igual, llegaba casi con una hora de retraso y la bronca estaba asegurada. Se había quedado dormido, probablemente porque la noche anterior no fue a dormir hasta las 4 de la madrugada. Había estado retocando unas fotos que su madre le había pedido que arreglase e hiciese un montaje, y había decidido hacerlo para entregárselo en su cumpleaños, que ya se acercaba.
- Esto ya pasa de castaño oscuro, Roberto.
Él ya lo sabía pero en parte estaba deseando que le echasen de ese oscuro trabajo en el archivador. Era su único medio para subsistir pero estaba seguro de poder encontrar algo mejor.
- Deja las cosas en tu mesa y ven a mi despacho. Tengo que hablar contigo.
Su jefe sabía ser persuasivo cuando quería. Era el típico buen tío, enrollado y colega, pero podía ser duro cuando la situación lo requería.
Dejó la chaqueta en la silla y la mochila sobre la mesa, y se dirigió al despacho.
- Roberto...
- Perdona Nacho, me he liado con un asuntillo y cuando me he dado cuenta ya llegaba tarde. Sé que no es excusa pero es la verdad.
- Roberto, sé que no es algo que hagas a propósito, todos aquí te conocemos y sabemos que te despistas con el vuelo de una mosca y por eso mismo te tengo que llamar la atención. Es una falta de respeto para tus compañeros que llegues una hora más tarde de lo que deberías... además, sabes que no las puedes recuperar porque la oficina cierra a la hora en punto. No quiero que vuelva a pasar, Roberto, porque la próxima vez tendré que hacer algo que no quiero hacer. Me entiendes?
- Perfectamente.
- Pues ya sabes, ve a tu mesa y concéntrate, estate despierto, no quiero que me falles.
- Ahora mismo Nacho. Lo siento, no volverá a ocurrir.
- Eso espero.
Roberto volvió a su mesa. La tensión del momento le había encogido la vegiga y ahora tenía ganas de mear. Se levantó y fue al lavabo, consciente de que tenía unas cuantas parejas de ojos en la oficina que le escrutaban con frialdad.
Meó, y después de lavarse las manos vió que el papel para secárselas se había terminado. Trató de abrir el armario-altillo donde guardaban el papel, jabón y demás para cambiar el rollo del secamanos, pero el único rollo que quedaba estaba en el último estante del armarito. Pensó salir secándose las manos en los pantalones pero recordó cómo estaban los ánimos en contra suyo en la oficina y si alguien entraba después de él y veía que había gastado el papel y no había cambiado el rollo se iban a tirar sus propios compañeros encima de él, así que decidió no salir hasta que cambiase el rollo. Como no llegaba, tenía que alzarse encima de algo. Lo único que tenía relativamente cerca era un retrete justo delante. Pensó que saltando desde el borde del retrete podría alcanzar el rollo con la punta de los dedos. Se encaramó encima del retrete, respiró hondo y saltó, con tan mala suerte que el pie derecho resbaló en el intento. La falta de impulso y el susto hicieron que Roberto tratase de mirar a su pie mientras estaba en el aire, perdiendo en ese momento la noción de la situación y yendo a parar con su dentadura sobre la balda inferior del armarito, rompiéndose aparatosamente las piezas delanteras a la vez que su cuello giraba hasta el límite hacia atrás, rebotando finalmente la cabeza sobre el suelo, formando inmediatamente un gran charco de sangre alrededor de la cara de Roberto, que para entonces yacía inconsciente.
Pasaba el tiempo y los compañeros de la oficina empezaron a murmurar entre ellos, preguntándose el por qué de aquella tardanza. Hasta que uno de ellos fue a ver qué pasaba.
Al abrir la puerta dió un grito de espanto al ver el cuerpo desfallecido de Roberto y un gran charco de sangre que empapaba la camisa blanco-camarero que llevaba puesta.
- Llamad a una ambulancia!!! - gritó con desesperación.
- Qué pasa? - respondieron desde la oficina.
- Roberto está inconsciente en el suelo. Está todo lleno de sangre.
Aquel compañero trató de acercarse a ver si respiraba pero sus nervios y la poca habilidad que tenía impidieron que hiciese algo más aparte de manchar toda su ropa de sangre, tratando de limpiar la boca y nariz de Roberto para que pudiese respirar.
Al cabo de poco tiempo los chicos de la ambulacia llegaron y después de averiguar el estado de Roberto recogieron su cuerpo sobre una camilla, tapándolo. En el momento en que atravesaron la oficina se apoderó de aquella estancia el silencio más absoluto.
- Qué le ha pasado? - preguntó Nacho.
- Ha fallecido, lo siento.
- Cómo? Por qué?
- No le puedo asegurar nada ahora mismo. Esperen a que podamos decirles algo más.
Nacho se echó a llorar. De hecho el fue la última persona con quien Roberto habló antes de morir.
- Qué mierda ha hecho? Qué mierda ha pasado? Qué mierda ha hecho? - repetía incesantemente entre sollozos.

jueves, febrero 15, 2007

Diálogo con mi mejor amigo

- Sabes? Ayer hablé con ella.
- Cuánto tiempo hacía?
- Pues unos 12 o 13 años
- Tanto?
- Sí, demasiado, desde que dejamos el instituto. élla fue por su lado y yo por el mío. Sin darnos cuenta habíamos perdido el contacto.
- Y cómo habéis vuelto a tenerlo?
- Obsesión. Soñé un día con ella y me obsesioné con que tenía que localizarla y saber cómo estaba.
- Y cómo ha sido el reecuentro?
- Pues bastante extraño, pero muy bien. No parecía que llevásemos tanto tiempo sin saber nada de nuestras vidas, la vieja confianza hizo bien su trabajo.
- Y de qué hablásteis?
- Básicamente nos pusimos un poco al día de nuestras vidas. Me hizo sentir muy bien saber que es muy feliz. Tiene un niño de 14 meses, imagínate, está hecha una madraza y yo aquí pensando en escribir una novela y sacar un disco. Estamos en 2 mundos completamente distintos. Resulta que se ha casado y vive en la que era casa de su abuela, al lado del cole.
- Y si érais tan amigos...?
- Qué quieres que te diga. Fuimos juntos al cole y al instituto, y una vez acabamos yo ya estaba completamente metido en el Pais de Nunca Jamás, con mi música y mis estudios. No volví a saber nada de ella. Ten en cuenta que en esa época nadie tenía móvil como ahora y, no me disculpo, yo soy un patán para mantener amistades. En eso siempre me he considerado un verdadero gilipollas. Luego me vienen los ataques de nostalgia y ya no hay nada que hacer, ya lo has perdido todo.
- Bueno, ahora ya lo tienes más fácil.
- Bueno, con ella no. Entre nuestros horarios y el niño no tenemos tiempo ni siquiera para tomar un cafe. Además, creo que después de todo el mal ya está hecho. Nunca volveremos a ser tan buenos amigos y casi que prefiero tenerla idealizada en mi cabeza. De hecho ella siempre me gustó mucho, pero de una manera bastante irreal, era inalcanzable para un friki como yo y así se ha demostrado.
- Que gilipollez, no se ha demostrado nada, sólo que ahora te arrepientes de haber perdido el contacto.
- Claro, sólo te estoy diciendo que en aquella época era para mí el típico amor idealizado de adolescente y el haber tenido este mínimo contacto ahora pues hace que casi prefiera que siga siéndolo.
- Vale, vale.
- En fin, que quién sabe cuando me dará otro ataque de nostalgia y haga cualquier otra memez.

Desconexión

Desearía coger tu mano y acariciarla, lentamente, saboreando tu piel. Nunca pude hacerlo pero siempre estuvo ahí, dentro de mi cabeza. Cualquier cosa me hace despertar, luego ya no duermo. Charlie de fondo me invita a esscribir canciones pero yo le digo que ya no valgo, si alguna vez pude valer. Para escuchar música existe ya la imaginación y yo sólo puedo ofrecer basura.
Como un jarrón de agua fría me sentó reconocer que nunca estarás ahí. Ya casi prefiero ni siquiera verte, prefiero recordarte como mi vieja amiga, bonita, preocupándose de mí. Egoista, sí, no he podido cambiar más de lo que lo he intentado, me he quedado. Las ideas inconexas rellenan los espacios interneuronales, sin ninguna ayuda se acoplan donde les place, sin temor, sin compasión. Y Charlie sigue tocando las pelotas para que siga escribiendo y pensando melodías que sólo yo acierte a comprender. Las cosas han cambiado y yo no soy tampoco un genio. Déjame en paz.

lunes, febrero 05, 2007

Damien Rice

Llego a casa. Cansado, demasiado cansado. El día se hizo largo, como habitualmente. Preparo la cena: unos spaguetti preparados de mala manera, rápidos, sin apenas "contundencia". Me fumo un cigarro, mirando al infinito a traves de las ventanas de la galería. Lavo mis dientes y pongo un disco: Damien Rice. Su música me transporta a través de varios sentimientos en un breve lapso de tiempo. Paso de la fascinación, el redescubrimiento de la belleza, a la rabia más profunda, el odio a mí mismo, a mi estilo de vida, a la velocidad de la luz. En un momento pasan por mi cabeza todas mis decepciones, los fracasos. Toda la esperanza, las ganas, las ilusiones, mueren por completo y lo único que pasa por mi cabeza es dejarlo todo, abandonar, igual que abandoné en cualquier lugar mi único tesoro: mi alma. Tengo ganas de escribir pero sé que todo lo que pueda escribir no es más que pura bazofia, bazofia que ya ni siquiera me sirve para desahogarme, bazofia que sólo sirve ya para hundirme aún más en mis miserias. Mis miles de proyectos están más cerca de la basura que de cualquier otro lugar. De qué me sirve escribir canciones que no quiero cantar? De que me sirve escribir cuentos y novelas que no quiero leer?

domingo, diciembre 03, 2006

Abrázame

En un sólo momento su vida dió un vuelco. Había girado sobre sus pasos, entrando en uno de los vagones, y se había marchado, para siempre. Sabía que iba a ser así, y de todas maneras no pudo o no supo hacer nada. Su sóla presencia le turbaba. No era miedo, era tensión, imprevisibilidad, la maldita sensación de estar enamorado. Siempre intentaba demostrarle lo que tenía dentro pero acababa callándose, sin palabras que vocalizar.
Ahora ya no había retorno.Pensó gritar, pero su siempre ultraracional cerebro le invitó a callar para no llamar la atención en plena hora punta. Decidió entonces sentarse en el andén, esperar a relajarse un poco para poder pensar con más frialdad. Vió pasar varios trenes, y mucha más gente se sentó junto a él, ajenos a su presencia. Hasta que se hizo de noche. Por aquella estación ningun empleado advertía del paso de los últimos trenes. De cualquier manera no se hubiese percatado, inmerso como seguía en sus pensamientos. La noche arreció pero él siguió sentado en aquel mismo banco, con la misma posición, sin mover un sólo músculo. No durmió.
El primer tren de la mañana llegó, y con él los trabajadores aún dormidos. Él seguía sin inmutarse, sus ojos se habían perdido a lo largo de las vias del tren y su garganta había tragado sus últimas palabras. Llegaron las tres de la tarde, la hora en que su anterior vida escapó en tren, y se levantó. Al principio trastabilló, por la parálisis provocada en sus piernas el largo tiempo sin movimiento, y su cabeza de inmediato empezó a dar vueltas, sin suficiente sangre para alimentarse, tanto que entre el mareo y su impertinente "patosidad" le hicieron perder el equilibrio justo cuando llegaba el siguiente tren. Caía irremediablemente sobre las vias cuando, de repente, alguien le agarró fuertemente de la camisa, rasgándola por su manga izquierda, salvándolo del inminente y fatal impacto. Pudo, entre lágrimas de impotencia, abrir los ojos, llenos de incredulidad. Sin fuerzas, llorando como un niño, y faltándole todo el aliento, se abrazó al pecho de ella, dispuesto a no dejarla marchar jamás.

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miércoles, noviembre 15, 2006

Amor de juventud

Una antigua amiga había llamado.Él se quedó extrañado, hacía demasiado tiempo que no sabía nada de ella. En otro tiempo habían sido muy buenos amigos pero aquello ya había quedado muy atrás. Se levantó de la cama y se vistió: tejanos negros limpios, camiseta negra y zapatillas de deporte también negras. Se preparó un café y repasó las noticias en el teletexto. Cuando salió de casa el sudor ya había llegado a sus manos - y ya no se marcharía - y comenzaron a bombardear su cabeza imágenes de su juventud. Había quedado en el instituto, allí donde había pasado sus mejores momentos junto a ella, y conforme iba acercándose sus pensamientos iban convirtiéndose en algo más pesado, algo que cada vez le hacía caminar más lento, eran pensamientos más enrevesados que ya no se basaban en esos viejos recuerdos que tenía sinó que afectaban a su actual estado de ánimo hasta el punto de estar planteándose si era feliz con la vida que tenía o si podía haber sido más feliz si en su momento no hubiese sido tan cobarde. Esos pensamientos le habían hecho parar, apoyándose en una farola, sin fuerzas, extenuado, casi sin poder abrir los ojos; el malestar era tan grande que empezaba a faltarle la respiración, cada vez más. Casi sin darse cuenta, casi sin hacer nada por evitarlo. había decidido que no quería tener más una vida triste y sin ilusiones, y dejó escapar la última bocanada de aire que quedaba en sus pulmones.
Mientrastanto ella estaba esperándolo. Lo había echado mucho de menos, todos aquellos años, pero ahora que había vuelto al hogar no quería dejar de intentar lo que una vez no supo agarrar con todas sus fuerzas. Tan sólo esperaba que él pensase de la misma manera.

jueves, julio 27, 2006

El papel

Encima de la mesa aquél papel podía decir mucho. Sólo la habitación ya te avisaba de que algo no marchaba del todo bien. Llena de cachibaches inservibles, mesitas auxiliares llenas de cuchillos, tijeras y herramientas punzantes, dejadas por cualquier lado del pasillo, lo primero que te hacían pensar era "dónde coño me estoy metiendo". La cama no tenia sábanas y el colchón se veía desgastado y lleno de mierda, en todos los sentidos, y las mesillas adosadas a los lados, viejas, más viejas quizá que todo el edificio, parecían marcar una mueca de tristeza con los asideros de los cajones. El color castaño que quizá tuvieron en su juventud se había olvidado en todos los gestos de abrir/cerrar/dejar/coger en los cajones y dejaba al aire la desnudez sucia de la madera, donde ahora reposaban libros que no decían nada, bolsas con marihuana, revistas antiguas que ya ni parecían porno y algún pañuelo con mocos ya secos. En el suelo una alfombra ya casi sin hilos gemía arrastrándose hacía la puerta, sin fuerzas, llorosa, porque había sido olvidada allí en la habitación mientras moría lentamente ya sin uso. El armario, grande y fuerte, te miraba con aire de superioridad, sabedor de su ventaja en cuanto abrieses sus puertas, pero a la vez temeroso porque en su alma las termitas habían buscado sus raíces y las habían encontrado tan al fondo que el pobre armario, dolido hasta el corazón, seguía haciéndose el fuerte, por mantener la reputación, pero podía morir con un simple soplido. Y allí, a un lado, bajo la ventana, estaban la mesa y la silla, amigas inseparables durante largos años, aguantando estoicamente ropas y quejidos, lamentos y golpes y patadas y vergüenzas que dolorosamente las habían marcado hasta casi la muerte. La silla, ya coja sin remisión, manteniéndo el equilibrio lo mejor que podía, sólo daba alguna muestra de vida cuando un golpe de aire amezaba su equilibrio y gemía y daba golpes contra el suelo prometiendo ser fiel escudera de su amiga. La mesa, ahí estaba, majestuosa como siempre había sido, tambien coja pero con más fuerzas que la silla, con más muescas en su superficie, cortes, dibujos de los niños cuando eran pequeños, con agujeros que las termitas comenzaron buscando su alma y que no pudieron encontrar aún, en pie, manteniendo la compostura ante su última gran batalla. Tenía que parecer el centro de todo, como casi siempre había sido, hasta morir. Encima suyo estaba el papel más importante que nadie jamás había escrito confiando en que ella lo mostraría al mundo y por eso mismo ella daría hasta su último aliento para cumpir tan honrosa misión. En cuanto ese sucio papel fuese leido nada volvería a ser como antes.