Qué triste es la vida del capullo
El ascensor estaba tardando demasiado, aunque ya daba practicamente igual, llegaba casi con una hora de retraso y la bronca estaba asegurada. Se había quedado dormido, probablemente porque la noche anterior no fue a dormir hasta las 4 de la madrugada. Había estado retocando unas fotos que su madre le había pedido que arreglase e hiciese un montaje, y había decidido hacerlo para entregárselo en su cumpleaños, que ya se acercaba.
- Esto ya pasa de castaño oscuro, Roberto.
Él ya lo sabía pero en parte estaba deseando que le echasen de ese oscuro trabajo en el archivador. Era su único medio para subsistir pero estaba seguro de poder encontrar algo mejor.
- Deja las cosas en tu mesa y ven a mi despacho. Tengo que hablar contigo.
Su jefe sabía ser persuasivo cuando quería. Era el típico buen tío, enrollado y colega, pero podía ser duro cuando la situación lo requería.
Dejó la chaqueta en la silla y la mochila sobre la mesa, y se dirigió al despacho.
- Roberto...
- Perdona Nacho, me he liado con un asuntillo y cuando me he dado cuenta ya llegaba tarde. Sé que no es excusa pero es la verdad.
- Roberto, sé que no es algo que hagas a propósito, todos aquí te conocemos y sabemos que te despistas con el vuelo de una mosca y por eso mismo te tengo que llamar la atención. Es una falta de respeto para tus compañeros que llegues una hora más tarde de lo que deberías... además, sabes que no las puedes recuperar porque la oficina cierra a la hora en punto. No quiero que vuelva a pasar, Roberto, porque la próxima vez tendré que hacer algo que no quiero hacer. Me entiendes?
- Perfectamente.
- Pues ya sabes, ve a tu mesa y concéntrate, estate despierto, no quiero que me falles.
- Ahora mismo Nacho. Lo siento, no volverá a ocurrir.
- Eso espero.
Roberto volvió a su mesa. La tensión del momento le había encogido la vegiga y ahora tenía ganas de mear. Se levantó y fue al lavabo, consciente de que tenía unas cuantas parejas de ojos en la oficina que le escrutaban con frialdad.
Meó, y después de lavarse las manos vió que el papel para secárselas se había terminado. Trató de abrir el armario-altillo donde guardaban el papel, jabón y demás para cambiar el rollo del secamanos, pero el único rollo que quedaba estaba en el último estante del armarito. Pensó salir secándose las manos en los pantalones pero recordó cómo estaban los ánimos en contra suyo en la oficina y si alguien entraba después de él y veía que había gastado el papel y no había cambiado el rollo se iban a tirar sus propios compañeros encima de él, así que decidió no salir hasta que cambiase el rollo. Como no llegaba, tenía que alzarse encima de algo. Lo único que tenía relativamente cerca era un retrete justo delante. Pensó que saltando desde el borde del retrete podría alcanzar el rollo con la punta de los dedos. Se encaramó encima del retrete, respiró hondo y saltó, con tan mala suerte que el pie derecho resbaló en el intento. La falta de impulso y el susto hicieron que Roberto tratase de mirar a su pie mientras estaba en el aire, perdiendo en ese momento la noción de la situación y yendo a parar con su dentadura sobre la balda inferior del armarito, rompiéndose aparatosamente las piezas delanteras a la vez que su cuello giraba hasta el límite hacia atrás, rebotando finalmente la cabeza sobre el suelo, formando inmediatamente un gran charco de sangre alrededor de la cara de Roberto, que para entonces yacía inconsciente.
Pasaba el tiempo y los compañeros de la oficina empezaron a murmurar entre ellos, preguntándose el por qué de aquella tardanza. Hasta que uno de ellos fue a ver qué pasaba.
Al abrir la puerta dió un grito de espanto al ver el cuerpo desfallecido de Roberto y un gran charco de sangre que empapaba la camisa blanco-camarero que llevaba puesta.
- Llamad a una ambulancia!!! - gritó con desesperación.
- Qué pasa? - respondieron desde la oficina.
- Roberto está inconsciente en el suelo. Está todo lleno de sangre.
Aquel compañero trató de acercarse a ver si respiraba pero sus nervios y la poca habilidad que tenía impidieron que hiciese algo más aparte de manchar toda su ropa de sangre, tratando de limpiar la boca y nariz de Roberto para que pudiese respirar.
Al cabo de poco tiempo los chicos de la ambulacia llegaron y después de averiguar el estado de Roberto recogieron su cuerpo sobre una camilla, tapándolo. En el momento en que atravesaron la oficina se apoderó de aquella estancia el silencio más absoluto.
- Qué le ha pasado? - preguntó Nacho.
- Ha fallecido, lo siento.
- Cómo? Por qué?
- No le puedo asegurar nada ahora mismo. Esperen a que podamos decirles algo más.
Nacho se echó a llorar. De hecho el fue la última persona con quien Roberto habló antes de morir.
- Qué mierda ha hecho? Qué mierda ha pasado? Qué mierda ha hecho? - repetía incesantemente entre sollozos.
- Esto ya pasa de castaño oscuro, Roberto.
Él ya lo sabía pero en parte estaba deseando que le echasen de ese oscuro trabajo en el archivador. Era su único medio para subsistir pero estaba seguro de poder encontrar algo mejor.
- Deja las cosas en tu mesa y ven a mi despacho. Tengo que hablar contigo.
Su jefe sabía ser persuasivo cuando quería. Era el típico buen tío, enrollado y colega, pero podía ser duro cuando la situación lo requería.
Dejó la chaqueta en la silla y la mochila sobre la mesa, y se dirigió al despacho.
- Roberto...
- Perdona Nacho, me he liado con un asuntillo y cuando me he dado cuenta ya llegaba tarde. Sé que no es excusa pero es la verdad.
- Roberto, sé que no es algo que hagas a propósito, todos aquí te conocemos y sabemos que te despistas con el vuelo de una mosca y por eso mismo te tengo que llamar la atención. Es una falta de respeto para tus compañeros que llegues una hora más tarde de lo que deberías... además, sabes que no las puedes recuperar porque la oficina cierra a la hora en punto. No quiero que vuelva a pasar, Roberto, porque la próxima vez tendré que hacer algo que no quiero hacer. Me entiendes?
- Perfectamente.
- Pues ya sabes, ve a tu mesa y concéntrate, estate despierto, no quiero que me falles.
- Ahora mismo Nacho. Lo siento, no volverá a ocurrir.
- Eso espero.
Roberto volvió a su mesa. La tensión del momento le había encogido la vegiga y ahora tenía ganas de mear. Se levantó y fue al lavabo, consciente de que tenía unas cuantas parejas de ojos en la oficina que le escrutaban con frialdad.
Meó, y después de lavarse las manos vió que el papel para secárselas se había terminado. Trató de abrir el armario-altillo donde guardaban el papel, jabón y demás para cambiar el rollo del secamanos, pero el único rollo que quedaba estaba en el último estante del armarito. Pensó salir secándose las manos en los pantalones pero recordó cómo estaban los ánimos en contra suyo en la oficina y si alguien entraba después de él y veía que había gastado el papel y no había cambiado el rollo se iban a tirar sus propios compañeros encima de él, así que decidió no salir hasta que cambiase el rollo. Como no llegaba, tenía que alzarse encima de algo. Lo único que tenía relativamente cerca era un retrete justo delante. Pensó que saltando desde el borde del retrete podría alcanzar el rollo con la punta de los dedos. Se encaramó encima del retrete, respiró hondo y saltó, con tan mala suerte que el pie derecho resbaló en el intento. La falta de impulso y el susto hicieron que Roberto tratase de mirar a su pie mientras estaba en el aire, perdiendo en ese momento la noción de la situación y yendo a parar con su dentadura sobre la balda inferior del armarito, rompiéndose aparatosamente las piezas delanteras a la vez que su cuello giraba hasta el límite hacia atrás, rebotando finalmente la cabeza sobre el suelo, formando inmediatamente un gran charco de sangre alrededor de la cara de Roberto, que para entonces yacía inconsciente.
Pasaba el tiempo y los compañeros de la oficina empezaron a murmurar entre ellos, preguntándose el por qué de aquella tardanza. Hasta que uno de ellos fue a ver qué pasaba.
Al abrir la puerta dió un grito de espanto al ver el cuerpo desfallecido de Roberto y un gran charco de sangre que empapaba la camisa blanco-camarero que llevaba puesta.
- Llamad a una ambulancia!!! - gritó con desesperación.
- Qué pasa? - respondieron desde la oficina.
- Roberto está inconsciente en el suelo. Está todo lleno de sangre.
Aquel compañero trató de acercarse a ver si respiraba pero sus nervios y la poca habilidad que tenía impidieron que hiciese algo más aparte de manchar toda su ropa de sangre, tratando de limpiar la boca y nariz de Roberto para que pudiese respirar.
Al cabo de poco tiempo los chicos de la ambulacia llegaron y después de averiguar el estado de Roberto recogieron su cuerpo sobre una camilla, tapándolo. En el momento en que atravesaron la oficina se apoderó de aquella estancia el silencio más absoluto.
- Qué le ha pasado? - preguntó Nacho.
- Ha fallecido, lo siento.
- Cómo? Por qué?
- No le puedo asegurar nada ahora mismo. Esperen a que podamos decirles algo más.
Nacho se echó a llorar. De hecho el fue la última persona con quien Roberto habló antes de morir.
- Qué mierda ha hecho? Qué mierda ha pasado? Qué mierda ha hecho? - repetía incesantemente entre sollozos.

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