El papel
Encima de la mesa aquél papel podía decir mucho. Sólo la habitación ya te avisaba de que algo no marchaba del todo bien. Llena de cachibaches inservibles, mesitas auxiliares llenas de cuchillos, tijeras y herramientas punzantes, dejadas por cualquier lado del pasillo, lo primero que te hacían pensar era "dónde coño me estoy metiendo". La cama no tenia sábanas y el colchón se veía desgastado y lleno de mierda, en todos los sentidos, y las mesillas adosadas a los lados, viejas, más viejas quizá que todo el edificio, parecían marcar una mueca de tristeza con los asideros de los cajones. El color castaño que quizá tuvieron en su juventud se había olvidado en todos los gestos de abrir/cerrar/dejar/coger en los cajones y dejaba al aire la desnudez sucia de la madera, donde ahora reposaban libros que no decían nada, bolsas con marihuana, revistas antiguas que ya ni parecían porno y algún pañuelo con mocos ya secos. En el suelo una alfombra ya casi sin hilos gemía arrastrándose hacía la puerta, sin fuerzas, llorosa, porque había sido olvidada allí en la habitación mientras moría lentamente ya sin uso. El armario, grande y fuerte, te miraba con aire de superioridad, sabedor de su ventaja en cuanto abrieses sus puertas, pero a la vez temeroso porque en su alma las termitas habían buscado sus raíces y las habían encontrado tan al fondo que el pobre armario, dolido hasta el corazón, seguía haciéndose el fuerte, por mantener la reputación, pero podía morir con un simple soplido. Y allí, a un lado, bajo la ventana, estaban la mesa y la silla, amigas inseparables durante largos años, aguantando estoicamente ropas y quejidos, lamentos y golpes y patadas y vergüenzas que dolorosamente las habían marcado hasta casi la muerte. La silla, ya coja sin remisión, manteniéndo el equilibrio lo mejor que podía, sólo daba alguna muestra de vida cuando un golpe de aire amezaba su equilibrio y gemía y daba golpes contra el suelo prometiendo ser fiel escudera de su amiga. La mesa, ahí estaba, majestuosa como siempre había sido, tambien coja pero con más fuerzas que la silla, con más muescas en su superficie, cortes, dibujos de los niños cuando eran pequeños, con agujeros que las termitas comenzaron buscando su alma y que no pudieron encontrar aún, en pie, manteniendo la compostura ante su última gran batalla. Tenía que parecer el centro de todo, como casi siempre había sido, hasta morir. Encima suyo estaba el papel más importante que nadie jamás había escrito confiando en que ella lo mostraría al mundo y por eso mismo ella daría hasta su último aliento para cumpir tan honrosa misión. En cuanto ese sucio papel fuese leido nada volvería a ser como antes.
