Fuera de servicio...
Puedes bajar estos papeles a la garita?
Bájalos tú con tus putos cojones, soltó Ralph.
Acto seguido se levantó de su silla, todos en la oficina en silencio,cogió su bolsa, 'adiós', y se marchó. Había decidido mucho tiempo antes cómo sería su despedida y le había salido a la perfección.
Bajó la calle en dirección al metro mientras encendía un cigarrillo; andaba a pasos lentos, como para dejarse ver, sabía que desde la ventana en aquél segundo piso que acababa de abandonar muchos ciegos seguían su senda. Ralph estaba ya harto de aguantar 'gilipolleces' como siempre decía. Muchas veces había amenazado con marcharse haciendo gala de su mala leche (clásica en la empresa era su frase 'cállate ya la puta boca', que todos repetían a coro como borregos), pero por H o por B nunca lo había hecho. En realidad era como cualquier otro pardillo allí: el miedo acababa por paralizarle.
Pagó religiosamente su billete de metro y bajó al andén. Allí se dirigió hacia la parte central ya que desde allí tenía más rápido acceso al trasbordo. Se sentó. Y miraba con total impunidad todos los cuerpos que danzaban delante suyo: cuerpos blanquecinos y delgaduchos, los sudorosos, matas de pelo sobre cabezas de chupa-chups, todos. Pasó una deliciosa chica oriental, rondaría los 20, con pinta de no tener ni idea de castellano, contorneando su cuerpo a cada paso, despistada mirando los paneles de las estaciones. Allí cerca de Ralph, un tipo como cualquier otro la miraba fíjamente, desnudándola descaradamente en la lejanía.
El tipo de pronto empezó a gritar, parecía poseído por el alma de un castrati, en alguna lengua inventada, por supuesto, para hacerse notar ante la jovencita, pero ella estaba como absorta, ni se había dado cuenta de que un loco le gritaba cuando toda la estación estaba atónita. Ralph miraba al tipo, que se había levantado caminando en dirección a la chica. Les separaban unos 15 metros y marcaba 20 segundos el reloj de la estación. Justo 5 segundos después el vagón entraba, la separación entre el hombre y la chica era de unos 5 metros y Ralph estaba ahí: 'Calla ya tu puta boca' dijo para sí mismo con media sonrisa. Empujó violentamente. De pronto el convoy chirrió y se oyeron gritos de pánico, mucho ruido, gente que empezaba a correr y sobretodo confusión. Ralph se dió media vuelta, quizá le esperaban en algún lugar.
Bájalos tú con tus putos cojones, soltó Ralph.
Acto seguido se levantó de su silla, todos en la oficina en silencio,cogió su bolsa, 'adiós', y se marchó. Había decidido mucho tiempo antes cómo sería su despedida y le había salido a la perfección.
Bajó la calle en dirección al metro mientras encendía un cigarrillo; andaba a pasos lentos, como para dejarse ver, sabía que desde la ventana en aquél segundo piso que acababa de abandonar muchos ciegos seguían su senda. Ralph estaba ya harto de aguantar 'gilipolleces' como siempre decía. Muchas veces había amenazado con marcharse haciendo gala de su mala leche (clásica en la empresa era su frase 'cállate ya la puta boca', que todos repetían a coro como borregos), pero por H o por B nunca lo había hecho. En realidad era como cualquier otro pardillo allí: el miedo acababa por paralizarle.
Pagó religiosamente su billete de metro y bajó al andén. Allí se dirigió hacia la parte central ya que desde allí tenía más rápido acceso al trasbordo. Se sentó. Y miraba con total impunidad todos los cuerpos que danzaban delante suyo: cuerpos blanquecinos y delgaduchos, los sudorosos, matas de pelo sobre cabezas de chupa-chups, todos. Pasó una deliciosa chica oriental, rondaría los 20, con pinta de no tener ni idea de castellano, contorneando su cuerpo a cada paso, despistada mirando los paneles de las estaciones. Allí cerca de Ralph, un tipo como cualquier otro la miraba fíjamente, desnudándola descaradamente en la lejanía.
El tipo de pronto empezó a gritar, parecía poseído por el alma de un castrati, en alguna lengua inventada, por supuesto, para hacerse notar ante la jovencita, pero ella estaba como absorta, ni se había dado cuenta de que un loco le gritaba cuando toda la estación estaba atónita. Ralph miraba al tipo, que se había levantado caminando en dirección a la chica. Les separaban unos 15 metros y marcaba 20 segundos el reloj de la estación. Justo 5 segundos después el vagón entraba, la separación entre el hombre y la chica era de unos 5 metros y Ralph estaba ahí: 'Calla ya tu puta boca' dijo para sí mismo con media sonrisa. Empujó violentamente. De pronto el convoy chirrió y se oyeron gritos de pánico, mucho ruido, gente que empezaba a correr y sobretodo confusión. Ralph se dió media vuelta, quizá le esperaban en algún lugar.
