Abrázame
En un sólo momento su vida dió un vuelco. Había girado sobre sus pasos, entrando en uno de los vagones, y se había marchado, para siempre. Sabía que iba a ser así, y de todas maneras no pudo o no supo hacer nada. Su sóla presencia le turbaba. No era miedo, era tensión, imprevisibilidad, la maldita sensación de estar enamorado. Siempre intentaba demostrarle lo que tenía dentro pero acababa callándose, sin palabras que vocalizar.
Ahora ya no había retorno.Pensó gritar, pero su siempre ultraracional cerebro le invitó a callar para no llamar la atención en plena hora punta. Decidió entonces sentarse en el andén, esperar a relajarse un poco para poder pensar con más frialdad. Vió pasar varios trenes, y mucha más gente se sentó junto a él, ajenos a su presencia. Hasta que se hizo de noche. Por aquella estación ningun empleado advertía del paso de los últimos trenes. De cualquier manera no se hubiese percatado, inmerso como seguía en sus pensamientos. La noche arreció pero él siguió sentado en aquel mismo banco, con la misma posición, sin mover un sólo músculo. No durmió.
El primer tren de la mañana llegó, y con él los trabajadores aún dormidos. Él seguía sin inmutarse, sus ojos se habían perdido a lo largo de las vias del tren y su garganta había tragado sus últimas palabras. Llegaron las tres de la tarde, la hora en que su anterior vida escapó en tren, y se levantó. Al principio trastabilló, por la parálisis provocada en sus piernas el largo tiempo sin movimiento, y su cabeza de inmediato empezó a dar vueltas, sin suficiente sangre para alimentarse, tanto que entre el mareo y su impertinente "patosidad" le hicieron perder el equilibrio justo cuando llegaba el siguiente tren. Caía irremediablemente sobre las vias cuando, de repente, alguien le agarró fuertemente de la camisa, rasgándola por su manga izquierda, salvándolo del inminente y fatal impacto. Pudo, entre lágrimas de impotencia, abrir los ojos, llenos de incredulidad. Sin fuerzas, llorando como un niño, y faltándole todo el aliento, se abrazó al pecho de ella, dispuesto a no dejarla marchar jamás.
Ahora ya no había retorno.Pensó gritar, pero su siempre ultraracional cerebro le invitó a callar para no llamar la atención en plena hora punta. Decidió entonces sentarse en el andén, esperar a relajarse un poco para poder pensar con más frialdad. Vió pasar varios trenes, y mucha más gente se sentó junto a él, ajenos a su presencia. Hasta que se hizo de noche. Por aquella estación ningun empleado advertía del paso de los últimos trenes. De cualquier manera no se hubiese percatado, inmerso como seguía en sus pensamientos. La noche arreció pero él siguió sentado en aquel mismo banco, con la misma posición, sin mover un sólo músculo. No durmió.
El primer tren de la mañana llegó, y con él los trabajadores aún dormidos. Él seguía sin inmutarse, sus ojos se habían perdido a lo largo de las vias del tren y su garganta había tragado sus últimas palabras. Llegaron las tres de la tarde, la hora en que su anterior vida escapó en tren, y se levantó. Al principio trastabilló, por la parálisis provocada en sus piernas el largo tiempo sin movimiento, y su cabeza de inmediato empezó a dar vueltas, sin suficiente sangre para alimentarse, tanto que entre el mareo y su impertinente "patosidad" le hicieron perder el equilibrio justo cuando llegaba el siguiente tren. Caía irremediablemente sobre las vias cuando, de repente, alguien le agarró fuertemente de la camisa, rasgándola por su manga izquierda, salvándolo del inminente y fatal impacto. Pudo, entre lágrimas de impotencia, abrir los ojos, llenos de incredulidad. Sin fuerzas, llorando como un niño, y faltándole todo el aliento, se abrazó al pecho de ella, dispuesto a no dejarla marchar jamás.
